miércoles, 13 de enero de 2016

Carta a un amigo.


Venezuela, 29 de Marzo de 2015
          
        Querido amigo
      No sé cómo contarle ni cómo dirigirme a usted. Lo cierto es que necesito que me lea y que me diga que me entiende aunque esto no sea cierto. El mundo se me vino abajo y solo pude observar de lejos, entre quedarme y marcharme, yo decidí marcharme. Ruego no me pregunte el porqué lo hice, ruego que no me juzgue pero si no le cuento lo que siento podría volverme loco antes del amanecer.
            Recuerdo fumaba un cigarro para aliviar los nervios, las manos me sudaban creo que por primera vez, ella llegó. Caminaba despacio y estaba pálida, podía notar como tragaba en seco, podía apreciar que tenía un nudo en su garganta y que si la abrazaba ella arrancaría a llorar, lo necesitaba y aun así, no la abracé.
No quería verla llorar, no podía soportar ser el causante de cada una de sus lágrimas, ni siquiera soportaba recordar que en algún momento esa chiquilla me hizo suspirar. Se veía tan frágil, tan débil que me sentí una basura.
            Le di buenas noches e intenté besar su mejilla pero no pude acercarme lo suficiente y apenas pude percibir su aroma. Ella no suele usar ningún perfume, creo que ni es necesario. Huele como despertar de una pesadilla, huele como suspirar la brisa fresca. No sé, no es rosas, ni flores, no huele a playa, ni menos al carolina herrera. Es ese olor en su piel que hace dilatar mis pupilas, puede parecer exagerado pero un día, todos encontramos el aroma perfecto, el del café recién hecho, el de la playa cada mañana, mi olor favorito es el de ella.
            Casi estaba confundido al verla, casi quería abrazarla y besarla. Tuve que llevar mis ojos a un horizonte que evidentemente no tenía punto de referencia, ella miraba mis labios mientras yo hablaba, mientras yo me despedía. No le di razones de nuestro último encuentro, para ella solo terminó, para ella simplemente yo ya no la quería. Siempre la encontré débil pero aun así ella aguantó las lágrimas subió la mirada y con sus dos manos sostuvo mi rostro y no pude evitar observarla.
            Pude ver sus ojos como se hacían enormes para no entregarse al llanto, pude sentir sus manos frías y recosté mi rostro de ellas. Sentí tranquilidad y cerré mis ojos e instantáneamente mis lágrimas mojaron mis mejillas. Ella puso sus labios sobre los míos y dijo: “Yo siempre voy a amarte”. Juro que fue la última vez que la vi.
           
            Ya han pasado unos cuantos meses y a pesar de sentirme el ser más vacío del mundo no volvería con ella, las razones son difíciles de explicar, aun trato de olvidar el dolor que me ha causado amarla.
            Dígame usted, querido amigo. ¿Cómo hago para olvidar? De más esta expresarle que aunque le ame con mi alma este amor no me conviene.
           
Me despido de ante mano agradeciendo su valioso tiempo por leerme y por no buscar de entenderme.
                                                                                                     
Esteban García

Escritor: Mia Miralles